Anna Express, el comercio emblemático que durante años ofreció calzados principalmente para damas y niños a precios accesibles en el centro salteño cerró sus puertas. “Con mucha pena y dolor, hemos tenido que cerrar las puertas de nuestro local. No fue una decisión fácil. Se perdieron muchos puestos de trabajo, pero luchamos hasta donde pudimos, pero las circunstancias nos llevaron a tomar este camino”, comunicaron en sus redes sociales.
El cierre de Anna Express puede leerse como la historia de un comercio que no pudo sostenerse. Pero también puede mirarse desde otro lugar: como el síntoma de un cambio en la manera en que las salteñas compran calzado.
Porque el problema no es solamente cuánto dinero tiene hoy una consumidora para gastar.
También cambió dónde busca, qué considera una oportunidad y cuánto está dispuesta a pagar por un par de zapatos.
El outlet dejó de ser la excepción
Hay un dato que se puede observar caminando por el centro salteño. El formato outlet, que durante años funcionó como una alternativa puntual dentro de las marcas, ganó cada vez más presencia. El caso de Pucci resulta ilustrativo: lo que antes podía encontrarse en un único outlet pasó a tener una presencia mucho mayor dentro de sus propios locales y sucursales. La palabra “outlet” dejó de significar solamente “últimas unidades”. Hoy también comunica una promesa: marca conocida, precio más bajo.
Y esa promesa pesa mucho cuando el consumidor compara antes de sacar la billetera.
El otro mercado: zapatos casi nuevos por muy poco dinero
Al mismo tiempo, creció otra alternativa que hace unos años tenía un lugar mucho más pequeño dentro del consumo cotidiano: la ropa americana y las tiendas de segunda mano. Allí también aparecen zapatos y zapatillas. Y en algunos casos, prácticamente nuevos. La diferencia está en el precio. En este circuito pueden encontrarse pares desde aproximadamente $3.000, dependiendo del local, el estado, la marca y el modelo.
Para una persona que necesita renovar un calzado pero no quiere —o no puede— pagar el precio de un producto nuevo en una zapatería tradicional, la ecuación es completamente diferente. Ya no se trata de elegir entre dos vidrieras.
Se trata de elegir entre un par nuevo de temporada, un outlet, una compra online o un par usado en excelente estado.
Y la compra desde casa
A esa transformación se suma el comercio electrónico. Una consumidora puede mirar un modelo en una zapatería, buscar el mismo estilo en una plataforma internacional, revisar una cuenta de Instagram, comparar precios en un outlet y terminar comprando en una feria americana.
El celular convirtió la comparación de precios en una actividad cotidiana.
Una experiencia personal también muestra ese cambio: hay consumidoras salteñas que comenzaron a comprar calzado a través de plataformas como Shein y aseguran haber conseguido pares por menos de $20.000.
Eso no permite afirmar que todas las consumidoras estén haciendo lo mismo ni que las plataformas internacionales sean responsables del cierre de un comercio específico.
Pero sí muestra que la zapatería dejó de ser necesariamente el primer lugar al que se recurre cuando se necesita comprar un par de zapatos.
La crisis existe, pero no explica todo
La caída del poder adquisitivo y la necesidad de cuidar cada peso son parte indiscutible de la ecuación. Pero quedarse solamente con esa explicación sería perder una parte de la historia.
Porque cuando el dinero alcanza menos, el consumidor no necesariamente desaparece del mercado. Muchas veces cambia de mercado, busca promociones, espera liquidaciones, compra un producto usado, elige un outlet, compra por internet, compara precios durante días o directamente cambia una compra que antes hacía dos veces al año por otra mucho más espaciada.
El resultado es que los comercios tradicionales compiten ahora en un escenario mucho más fragmentado.
Durante años, una clienta podía tener “su zapatería”. Sabía dónde encontrar zapatos para el trabajo, dónde comprar las sandalias de verano o dónde llevar a sus hijos a elegir las zapatillas. Anna Express construyó parte de esa relación con sus clientas.
Eso quedó reflejado en los mensajes que aparecieron después del anuncio del cierre: mujeres que recordaron haber comprado allí sus primeras sandalias, calzado con su primer sueldo o zapatillas para sus hijos. Pero esa fidelidad convive hoy con otra lógica.
La competencia de una zapatería ya no es necesariamente otra zapatería, puede ser un outlet, una feria americana, un local de segunda mano, una cuenta de Instagram, una plataforma internacional o una promoción que aparece durante 24 horas en el celular.
Por eso, la persiana baja de Anna Express cuenta una historia que va más allá de ese comercio. Cuenta también la transformación de un consumidor que aprendió a buscar, comparar y esperar el precio que considera conveniente. Y en esa nueva carrera por conseguir el mejor precio, las zapaterías tradicionales ya no compiten solamente por vender zapatos. Compiten por convencer al cliente de que vale la pena entrar.