De 65 botellas a 4.000 litros: la bodega que apostó por San Lorenzo cuando todos le decían que no

Rodrigo Martearena empezó con una producción de 65 botellas y construyó su proyecto a pulmón junto a su esposa cuando nadie más creía en él. Hoy busca ampliar la bodega, a pocos minutos de la ciudad de Salta.

“Vos estás loco, hacer vino en San Lorenzo no es viable”. La frase se la repetían colegas de Rodrigo Martearena cuando decidió instalar su proyecto vitivinícola en San Lorenzo. La lógica parecía indicar que el camino estaba en los Valles Calchaquíes, donde la producción de vino tiene su principal identidad en Salta.

Pero Martearena decidió mirar el mapa desde otro lugar. Si los visitantes tenían que viajar hasta Cafayate para vivir una experiencia vinculada al vino, ¿por qué no acercarla a la ciudad de Salta?

Más de diez años después, aquella apuesta se convirtió en una pequeña bodega artesanal que combina elaboración, degustaciones, gastronomía y turismo.

De 65 botellas a una bodega propia

La historia comenzó mucho antes de que la bodega tomara forma en San Lorenzo. Martearena, enólogo y sanlorenceño, pasó tres temporadas vinculado al Instituto Nacional de Vitivinicultura en Cafayate. Allí conoció de cerca tanto los controles como el proceso de producción.

Después de esa experiencia se sumó a un grupo de cinco amigos, entre sommeliers y enólogos, con quienes elaboró vino durante dos o tres años.

Fue entonces cuando apareció la idea de emprender por cuenta propia, pero también una decisión personal: volver a vivir en Salta.

Los primeros vinos todavía se elaboraron en Cafayate. Durante los primeros dos años, Martearena tuvo que dividir su tiempo entre los Valles y San Lorenzo.

En ese momento, un amigo de la familia, conocido como “Canguro” Cornejo, le prestó una casa en Cafayate para montar una estructura completamente rudimentaria. Allí instaló tanques, una fraccionadora y los elementos necesarios para comenzar.

La primera producción fue de 65 botellas. Al año siguiente fueron alrededor de 300. Y para llegar hasta allí hubo que trabajar literalmente a pulmón.

 En una de las primeras cosechas, Martearena y su equipo salieron de Salta cerca de las cinco de la mañana, llegaron a Cafayate, cosecharon los racimos a mano ante la falta de personal, cargaron una camioneta y emprendieron el regreso.

Llegaron cerca de las diez de la noche. Pero todavía quedaba despalillar la uva.

El trabajo continuó durante toda la noche y parte del día siguiente.

“Fueron 48 horas de la muerte”, recuerda Martearena.

Con el tiempo llegaron las máquinas, una despalilladora, tanques, una prensa y equipamiento de acero inoxidable. La estructura comenzó a profesionalizarse, pero sin abandonar su escala artesanal.

El desafío de producir lejos de los grandes centros vitivinícolas

Instalarse en San Lorenzo implicaba varias dificultades. La localidad está alejada de los principales centros de abastecimiento de insumos enológicos y durante la época de cosecha los traslados pueden complicarse por las condiciones climáticas y de las rutas.

Desde el punto de vista estrictamente productivo, Martearena reconoce que eran más las dificultades que las ventajas.

Pero encontró una oportunidad en otro lugar: el turismo.

“Si lo ves del lado técnico son todas contras. Pero si lo ves del lado estratégico, la idea era poder acercar toda la viticultura o la experiencia vitivinícola para el turismo que por ahí no tiene tiempo de ir hasta Cafayate”, explica.

La ubicación dejó de ser entonces una desventaja para transformarse en parte del modelo de negocio.

“Te puedo dar la experiencia a 7 minutos del centro”, resume.

La bodega es además la única de su tipo en San Lorenzo, según explica el propio Martearena, y propone una alternativa al tradicional recorrido vitivinícola de los Valles Calchaquíes.

Vinos artesanales y pequeñas partidas

Martearena no busca competir con las grandes bodegas industriales. Su apuesta está puesta en otro segmento: los vinos artesanales y de pequeñas producciones.

“En el mercado masivo no compito porque yo hago vinos artesanales”, señala.

Su filosofía apunta a elaborar vinos con la menor intervención posible y, al mismo tiempo, experimentar con técnicas que permitan salir de los caminos tradicionales.

“Tratar de llevarlo al límite y hacer lo que o no se hizo o es muy difícil de hacer. Esa es la idea. Hacer cosas nuevas”, explica.

Entre sus propuestas aparece un torrontés natural elaborado mediante maceración carbónica, una técnica en la que los racimos permanecen enteros dentro del tanque en una atmósfera sin oxígeno.

El resultado buscado es un vino seco, de bajo alcohol y baja acidez.

Cuando la bodega se convierte en destino

La producción es solo una parte del proyecto. El otro gran componente es la experiencia.

Las visitas pueden incluir degustaciones acompañadas por picada, empanadas o asado, en grupos de hasta 12 personas.

Durante los meses de mayor temperatura también se organizan encuentros nocturnos, con vino, gastronomía y conversación.

La lógica detrás de la propuesta es que una botella deja de ser únicamente un producto para convertirse también en una experiencia.

El turismo enológico ocupa cada vez más espacio dentro de la actividad de las bodegas y, para los pequeños productores, recibir visitantes permite no solo vender sus vinos sino también contar la historia detrás de cada etiqueta.

En el caso de Martearena, esa historia es parte del atractivo.

Una producción que llegó a 4.000 litros

El crecimiento del emprendimiento también puede medirse en litros.

Las 65 botellas iniciales quedaron muy lejos. El mayor volumen se registró alrededor de la cosecha 2019, con una producción cercana a los 4.000 litros durante el ciclo 2019-2020.

Luego la producción fue disminuyendo: alrededor de 3.000 litros en 2021 y 2022 y unos 2.500 litros estimados para 2025.

La escala sigue siendo deliberadamente pequeña, aunque también responde a las posibilidades financieras del emprendimiento.

Martearena trabaja sin empleados y sostiene buena parte de la estructura con sus propias manos. Aumentar la producción implica, al mismo tiempo, contar con más capital para afrontar cada cosecha.

Y el negocio vitivinícola tiene además un componente imposible de controlar: el clima.

Granizo, heladas tardías, sequías o exceso de agua pueden modificar completamente una cosecha.

“Esto es campo. O sea, uno lo ve muy sofisticado el mundo del vino, pero no deja de ser campo”, resume.

Una empresa familiar construida a pulmón

Detrás de las botellas también hay una historia familiar.

Durante los primeros años, el proyecto requirió invertir una y otra vez antes de comenzar a generar resultados. En ese proceso, Lucía Figueroa, esposa de Rodrigo, tuvo un rol central.

“Ella juega el rol más importante de todo, que es apoyarme y bancarme con toda esta locura”, cuenta.

La bodega, entonces, no nació de una gran inversión inicial. Se fue construyendo a medida que el proyecto avanzaba, incorporando equipamiento y buscando nuevas formas de llegar al público.

Incluso detalles aparentemente menores forman parte de esa evolución. La iluminación de la cava, por ejemplo, fue modificada a partir de las sugerencias de visitantes: las luces blancas permitían observar correctamente el color del vino, pero generaban una sensación demasiado fría. Fueron reemplazadas por iluminación LED cálida.

El espacio también conserva mobiliario antiguo, que según Martearena data de 1790, incorporado como parte de la identidad del lugar.

Las etiquetas siguen la misma lógica de experimentación: algunos vinos utilizan un sistema holográfico que busca llamar la atención en la góndola y acercar la propuesta a consumidores más jóvenes.

El próximo paso: crecer sin perder la escala

 Después de más de una década, Martearena no piensa en abandonar la pequeña escala que caracteriza al proyecto. Pero sí quiere crecer.

Su objetivo para los próximos cinco años es duplicar la superficie construida y mejorar la infraestructura para recibir tanto a turistas como a salteños.

“Estaría muy bueno poder ampliarnos, duplicar nuestra superficie construida y poder ofrecer un servicio mucho más completo de atención a los turistas y a los locales”, proyecta.

La historia que comenzó con 65 botellas, una casa prestada en Cafayate y jornadas de trabajo de hasta 48 horas encontró en San Lorenzo un lugar para crecer.

No fue el camino más sencillo para producir vino.

Pero justamente allí donde algunos veían una dificultad, Martearena encontró una oportunidad: llevar la experiencia del vino un poco más cerca de la ciudad y construir, botella a botella, una propuesta propia.