Argentina necesita una agenda de desarrollo que priorice un sistema tributario que incentive la producción y la inversión a nivel federal, en todo el territorio; esto en complemento con el orden en las cuentas públicas y la macroeconomía, el desarrollo de infraestructura y conectividad, la educación y formación de capital humano y la seguridad jurídica.
Hablar de tributos también significa hablar de federalismo, distribución de recursos y desarrollo regional. Nuestro sistema tributario no puede analizarse sin considerar las profundas desigualdades territoriales. No cuesta lo mismo producir a 300 kilómetros de un puerto que a 1.500 kilómetros, ni tiene la misma estructura de costos una empresa cercana a los grandes centros de consumo que otra instalada en el NOA o el NEA. La distancia, la logística, la energía, la infraestructura digital y el acceso al financiamiento condicionan la competitividad.
Por eso, tratar fiscalmente como iguales a territorios que parten de condiciones diferentes termina consolidando las desigualdades existentes. Durante décadas pensamos el desarrollo argentino desde el centro hacia la periferia. Hoy tenemos la oportunidad de comenzar a invertir esa lógica.
La minería del litio y del cobre, las energías renovables, los desarrollos agroindustriales, el turismo, la economía del conocimiento y la integración bioceánica están llevando hacia el interior del país una parte creciente de las oportunidades económicas. En esta nueva geografía, el Norte argentino puede ocupar un lugar estratégico.
La política tributaria debe dejar de ser considerada exclusivamente una herramienta de recaudación y convertirse también en una herramienta de desarrollo, capaz de generar calidad de vida e igualdad de oportunidades.
Salta sostiene desde hace casi siete años una política de equilibrio fiscal y orden. Sin embargo, aproximadamente el 70% de los recursos que se recaudan entre Nación y provincias queda en manos del Gobierno nacional, mientras las provincias sostienen con el 30% restante funciones esenciales como educación, seguridad y salud, además de contribuir al financiamiento de conectividad, obras y acciones de desarrollo.
El Corredor Bioceánico de Capricornio no debe entenderse simplemente como una ruta, sino como una plataforma de integración productiva capaz de vincular el Atlántico con el Pacífico, atravesando Brasil, Paraguay, Argentina y Chile, y acercando nuestras economías regionales no solo a los mercados asiáticos sino a toda la costa oeste de América, desde Canadá hasta el sur.
Para convertir esa oportunidad en desarrollo hacen falta rutas, ferrocarriles, pasos fronterizos eficientes, nodos logísticos, aeropuertos, energía y conectividad digital.
También necesitamos capital humano: ingenieros, técnicos mineros, especialistas en energías renovables, científicos de datos, profesionales en inteligencia artificial, especialistas en comercio exterior y trabajadores preparados para industrias que todavía están desarrollándose.
Por eso, el desafío es construir un sistema tributario que permita generar nuevas “pampas húmedas” en todo el país, en lugar de concentrar las oportunidades solo en las provincias del centro.