Un sueño familiar que pasó a la segunda generación: la historia detrás de los quesos Yaguané (vaca de la buena suerte)

La marca nació en 2008 como una apuesta para diversificar una finca vinculada al tabaco. Casi dos décadas después, el emprendimiento familiar produce su propia leche y elabora quesos sin conservantes ni aditivos. 

Hay historias empresariales que se construyen con grandes inversiones y otras que empiezan prácticamente desde cero. La de Yaguané pertenece a esta segunda categoría: comenzó con cinco vacas, creció a fuerza de trabajo familiar y hoy integra producción primaria, tambo, elaboración de quesos y comercialización.

La vaca de la buena fortuna

Pero mucho antes de que Yaguané fuera el nombre de una fábrica de quesos, la palabra ya andaba por los caminos del campo.

“Yaguané”, decían los paisanos cuando aparecía una vaca de pelaje particular: el cuello y los costados de un color, el lomo y la barriga de otro (en general blanco y marrón o colorado). Era un dibujo natural que también había dado origen a la palabra en guaraní.  Era, la vaca de la buena fortuna.

En el centro de esta historia salteña está Gustavo Zoricich, quien en 2008 puso en marcha el tambo junto a su familia política, en una finca de sus suegros, Oscar García Casares y María Elena Capisano.

La idea inicial tenía una lógica productiva: diversificar la actividad agrícola y complementar el tabaco, al mismo tiempo que se buscaba una alternativa que permitiera rotar las tierras y mejorar el manejo del suelo.

Pero la relación de la familia con los quesos venía de antes. “En esta finca antiguamente ya se hacían quesos, pero se había dejado de hacer. Retomamos esa actividad”, cuenta Gustavo.

Empezar en plena crisis y crecer a pulmón

El tambo comenzó con apenas cinco vacas. Luego llegaron las siguientes 25 y, poco a poco, la familia fue armando la estructura productiva.

El contexto no era sencillo. Gustavo recuerda que comenzaron en medio de una crisis de la actividad lechera, momento en que pudieron acceder a animales a un precio más conveniente.

La estrategia fue distinta a la de una expansión basada exclusivamente en volumen. La familia decidió avanzar sobre toda la cadena: producir la leche, elaborar sus propios quesos y acercarlos directamente al consumidor.

Con el paso de los años, aquella pequeña experiencia se convirtió en un tambo-fábrica que actualmente cuenta con unas 60 vacas en ordeñe.

El sistema mantiene una característica que la familia considera fundamental: es semipastoril.

Las vacas pastorean sobre alfalfa y ryegrass y reciben suplementos de silo, pellets de soja y maíz para equilibrar la alimentación y afrontar las diferentes condiciones de cada época del año.

“Priorizamos más que sea semipastoril y que puedan salir a pastar que los litros de leche”, explica Sofía Zoricich.

El objetivo es otro: calidad de leche, bienestar animal y sustentabilidad del suelo y del sistema productivo.

La veterinaria que volvió a Salta para trabajar en el campo familiar

Sofía Zoricich se recibió de veterinaria en 2024. Su elección profesional, cuenta, no nació pensando específicamente en el tambo.

“Uno piensa veterinaria en perros y gatos y después se da cuenta de que hay un montón de ramas por donde salir”, relata.

Después de recibirse decidió volver a Salta y comenzar a involucrarse en la actividad familiar.

Hoy participa tanto de la producción primaria como de la industria y fue incorporándose a un mundo que terminó convirtiéndose en una parte importante de su vida profesional.

También la nueva generación empezó a involucrarse en otra área clave: la comercialización.

Micaela Zoricich, psicóloga, trabaja junto con Joaquín y el equipo de marketing en las redes, la estrategia comercial y el vínculo con los consumidores.

Y allí aparece uno de los cambios más importantes que atraviesa actualmente Yaguané.

La segunda generación toma el timón

Hace aproximadamente un año, las hijas de Gustavo comenzaron a involucrarse más activamente en la venta y promoción de los productos.

El desafío era lograr que más personas conocieran Yaguané, pero sin convertir el crecimiento en una carrera por producir y vender a cualquier costo.

“Arrancamos nosotras con la parte de ventas sin saber nada. Nos mandamos y fuimos escalando”, cuentan.

En ese proceso incorporaron un equipo de marketing, desarrollaron las redes, consiguieron clientes fijos y fortalecieron la presencia en los puntos de venta.

La estrategia fue crecer, pero conservar el concepto original del producto.

La familia apuesta por quesos sin conservantes ni aditivos y busca que el consumidor valore no solamente el producto final, sino también el proceso que existe detrás.

“Queremos que nuestro producto sea lo que se pensó desde el primer momento: un producto sin conservantes, sin aditivos, lo más natural posible. Eso implica otros cuidados y otro uso del producto, pero lo que nos interesa es que a la gente le guste y que nos vuelva a elegir”, explican.

Actualmente cuentan con un puesto en la feria de San Martín y General Paz, donde comercializan sus productos todos los días de 7.30 a 12.30, además de utilizar las redes sociales como canal de venta y contacto.

Cuando crecer también significa saber cambiar

Como ocurre con muchos emprendimientos familiares, el camino de Yaguané no fue lineal.

Hubo negocios que no funcionaron, momentos en los que fue necesario abandonar determinadas estrategias y decisiones que obligaron a cambiar el rumbo.

“Hay que saber también dar un golpe de timón y decir por acá no es”, resume la familia.

La feria se convirtió en uno de los puntos que permanecieron firmes y en un espacio fundamental para el contacto directo con los consumidores.

Ahora el desafío es dar el próximo paso. La familia analiza aumentar la producción y eventualmente sumar nuevos productos, pero sin perder aquello que considera su diferencial.

Un proyecto pensado para durar

En aproximadamente dos años, Yaguané llegará a sus dos primeras décadas.

Para Gustavo, uno de los mayores motivos de orgullo es que sus hijas se hayan interesado por el proyecto y que exista la posibilidad de una continuidad familiar.

“Estoy muy contento y orgulloso de que las chicas se hayan interesado por el proyecto. La idea es que tenga una continuidad”, afirma.

Pero el legado que Gustavo imagina no pasa solamente por dejar una empresa.

Su mirada está puesta en la tierra. “Desde que empezamos trabajamos en ser sustentables. Pensamos en un campo que dure muchos años. Para eso tiene que ser manejado con criterio ambiental, con sustentabilidad en el suelo y con un montón de ideas para poder perdurar en el tiempo”, sostiene.

Esa visión atraviesa toda la historia de Yaguané: producir, crecer y generar un producto que llegue a la mesa, pero sin perder de vista el lugar donde comienza todo.