La historia de LHAKA —que en lengua wichí significa “nuestro”— no empezó como un negocio, sino como una respuesta a una crisis social profunda. Hace más de una década, el proyecto tomó forma a partir de un pedido concreto: trabajo. Y desde entonces, lo que comenzó como contención fue mutando, creciendo y profesionalizándose.
“Fue todo muy de a poquito”, cuenta Viviana Segovia Gutiérrez, hoy a cargo de la coordinación en planta. Primero se abordaron las urgencias básicas de la comunidad. Después vinieron los intentos productivos. No todos funcionaron. Hasta que el textil encontró su lugar. Hoy, 12 años después, la fábrica emplea 65 personas. O, como ella misma lo define: “65 familias que dependen de este trabajo”.
El punto de inflexión llegó hace casi tres años, cuando decidieron dar un salto estratégico: pasar de la moda a la indumentaria de trabajo. La decisión no fue azarosa. Detectaron una necesidad concreta del mercado y se prepararon para responderla.
Capacitación, visitas a fábricas líderes, incorporación de procesos industriales y mejora continua. El resultado: una nueva línea orientada a empresas agroganaderas, agroalimenticias, gastronómicas e incluso del sector minero.
Camisas, chombas, camperas, pantalones, mamelucos, delantales. Todo se produce en origen. Porque otra de las grandes transformaciones de LHAKA fue lograr integrar todo el proceso productivo: desde el corte de la tela hasta el bordado, el estampado y el empaquetado final.
Hoy, incluso, cuentan con una bordadora industrial propia y trabajan con estándares certificados: en 2025 obtuvieron la norma ISO 9001, convirtiéndose en la primera comunidad wichí en alcanzar ese nivel de calidad .
El crecimiento también se mide en algo menos visible: la confianza del mercado. Aunque con una paradoja. La mayoría de sus clientes no están en Salta. “Trabajamos mucho con empresas de otras provincias”, explica Segovia. Y deja entrever un desafío pendiente: ser reconocidos localmente. “Tal vez no nos conocen o no tienen todavía la confianza suficiente”.
Sin embargo, la lista de rubros y clientes no deja de ampliarse: desde frigoríficos hasta cadenas de cafeterías y pizzerías de Buenos Aires. En paralelo, la línea de moda sigue activa, con presencia en grandes superficies comerciales del país.
Pero más allá de los números, hay algo que atraviesa toda la experiencia LHAKA: romper prejuicios. “Hay un preconcepto sobre los pueblos originarios”, admite. Y enseguida responde con hechos: producción industrial, estándares de calidad, cumplimiento, crecimiento sostenido.
Lo que sucede en San Ignacio de Loyola no es sólo una fábrica. Es un caso concreto de cómo el desarrollo productivo puede nacer desde una comunidad, sostenerse en el tiempo y competir en el mercado. Desde el monte salteño, una industria que no solo confecciona ropa. También está reescribiendo una historia.
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